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Y un día, faltó el fútbol

   Esta vez, el fútbol faltó. La mayoría de las ligas del mundo se perdieron la fiesta que      ofrece, casi todos los fines de semana del año, la redonda bailando al compás de los fuertes empeines y las suelas atrevidas. El sábado se sintió vacío y el domingo carente de sentido, los paraavalanchas se aburrieron y los televisores, indiscutidos protagonistas de la jornada, quedaron reducidos a trabajos indignos como informar o transmitir novelas.

Algunos sostienen que la causa de la gran ausencia fue una tal “Fecha FIFA”, que     proclama que se suspenden los torneos locales por jugarse una fecha de las Eliminatorias para el Mundial de Brasil 2014. Pero poco tiene esto de cierto, ya que el fútbol decidió hacer un paro por lo mal que lo estaban tratando.  Entendió que no quedaba más remedio para que jugadores y técnicos entendieran que lo que se está haciendo está mal, que así no se juega. Porque cuando este pícaro deporte comenzó a volar a mediados del siglo XIX, allá por Inglaterra, se soñaba con otra cosa. Se creía en el delantero astuto, hábil e impredecible que iba para adelante, en el prodigioso volante que levantaba la cabeza y se la entregaba limpita y pegada al suelo al lateral derecho.

Pero nada de eso está ocurriendo ahora, por lo menos hasta este fin de semana. Los entrenadores llenan el área de defensores, y estos disparan, en cada jugada, apuntando a los reflectores más lejanos, como si en las causas de condena a muerte estuviera el pase corto. Los creadores no la pisan más, o peor, van desapareciendo. Los delanteros no se animan, no quieren arriesgarse a ser un engranaje revolucionario dentro de un sistema que los ata a un esquematismo pobre. La gente perdió la ilusión por el caño y la rabona, y ya se contenta con pararse repentinamente de la butaca cuando el número cinco se tira al piso tres veces seguidas.

Por todos estos motivos, el fútbol decidió parar. Ejecutó una huelga mundial que se tradujo en todos los idiomas menos en el catalán. Un reclamo que obligó a los maridos a ir al shopping, a los jóvenes a buscar planes alternativos, y a los más chicos a volver a los dibujitos de los días de escuela.

Lo importante de todo esto es identificar el problema y tratar de solucionarlo. Porque este deporte tan hermoso tiene la potestad de dejar desolados a los días de ocio y descanso, tiene la capacidad de enmudecer los lunes de oficina, y fundamentalmente se resiste a negociar con la mediocridad.

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Categorías:Tomás Puentes
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