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La historia me obliga

La historia me obliga y el pasado me arrincona. Hay una fuerza interior incontrolable en mí que me incita a dedicarte algunos de mis humildes sentimientos.

No soy el primero, ni tampoco el último. Quizás no tenga las palabras adecuadas para soltarte lo que estoy sintiendo. De hecho, lo que te voy a decir probablemente no lo escuches nunca. Es más, es muy posible que el que está en el cielo jamás me conceda mi deseo máximo, que es regalarle a mis ojos un instante de tu mirada. Pero no importa, esto va más allá de eso.

No sé si quiero agradecerte, recordarte, alabarte, o si simplemente tenía ganas de pensar en vos. Pero si te mando estas líneas es porque considero que gran parte de mi patria descansa en tu nombre, porque me da orgullo que el mundo sepa que nací donde naciste vos, y sobre todo porque fuiste el que mejor trató a mi juguete preferido.

No te voy a agradecer, esa función se la dejo a los redundantes. Voy a pedirte que no te vayas nunca de la memoria de este pueblo, que te sientes ahí, al lado de la historia, para que a las generaciones venideras, rodeadas de profetas televisados, no se les ocurra olvidarse que Dios hubo uno sólo.

En este momento, mi mente me recuerda que tu picardía fue la que humilló a aquel inglés gigante, cubierto con guantes, que se estiró en vano porque no te conocía, o no del todo. Me cuesta olvidar que no te alcanzó con uno, y que fuiste por cinco más. Querías ver la mayor cantidad de hombres posible rendida a tus pies, haciendo el papel de los pobres tipos que no lograron detener tu travesía. Y cuando regresaste a la habitación de aquel arquero, le diste la revancha, esta vez de frente, para que pudiera estampar el empate en el duelo. Pero no, fuiste egoísta y quisiste ganarle de nuevo, esta vez por un costado, como si tuvieras en esa zurda las riendas de un escenario que manejabas a la perfección. Burlaste otra vez a la misma nación, y a su mismo guardián, convirtiéndote en el mejor de todos para toda la eternidad.

No es mi objetivo pecar de redundante, así que voy a culminar con mi empeño. Pude cumplir con el mandato cultural de recordarte, y la enseñanza espiritual de reivindicarte. Desde este ínfimo punto del país, de tu país, te escribe uno de los tantos que no tuvieron la suerte de verte, que se moriría por haber gritado tu nombre en una cancha y que todos los días se lamenta por haber nacido después del ’86.

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Categorías:Tomás Puentes
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